
Claramente no empatizo con los maricas de hoy en día, no los entiendo, no los conozco: los veo un poco de lejos, con preocupaciones que me parecen banales (no diré que lo sean) y que no son demasiado específicas o apremiantes. No me reconozco en ellos. Para mí, para muchos de nosotros, aceptar la sexualidad y encontrar una voz eran proyectos espinosos, urgentes, complejos.
La escasez de referentes hacía que una vez emprendido el camino quedábamos abocados a cierta soledad o a simplificarlo en términos de lemas o referentes. No teníamos palabras, no teníamos historias, no teníamos un yo invadido por la historia de otros. Había cierta angustia si, como yo, crecíamos lejos de los centros urbanos: nos preguntábamos si estábamos haciendo lo mejor, si dar el paso (el concepto de armario no existía) nos abocaba a algo terrible. Todas estas cosas han quedado muy atrás y eran los fenómenos que describía entonces, y hoy no sé leer las experiencias de quienes no han pasado por este proceso. Vivo en una burbuja en la que todo el mundo roza o sobrepasa con creces los cincuenta, y aunque soy consciente que las normas (la retórica, los contenidos) han cambiado, no sería capaz de explicar los mecanismos que hoy articulan la cultura gay (o, ya que estamos, si existe tal cosa de una manera urgente o relevante). Está el activismo, que ha cambiado poco: sigue tan dividido como cuando escribí Para entendernos, y la oposición es fundamentalmente la misma (quienes buscan la integración desde la diferencia y quienes quieren que la diferencia lleve a un cambio en estructuras convencionales) aunque da nombres distintos a sus divisiones (entonces las maricas radicales se llamaban maricas radicales, hoy prefieren llamarse queer, en un uso de la palabra que se hace más legítimo a medida que pasan los años). Pero dado que para mí la experiencia homosexual y la articulación de la cultura gay consistían en una lucha contra la invisibilidad y el silencio y la búsqueda de un lenguaje, he de aceptar que lo que tenía sentido entonces no es tan central ahora. Si ya entonces me veía como un historiador más que un cronista, hoy el trabajo de mis referentes es casi arqueología: el mundo se ha movido y no veo que mis intentos de dar un anclaje cultural a mi angustia de ser tenga mucho que decir a los jóvenes (aunque supongo que el valor histórico permanece). Es más fácil luchar contra la invisibilidad hoy (si es que tal invisibilidad existe, creo que muchos no llegan a ser invisibles nunca) de lo que era hace quince años, por no hablar de acceso a la "cultura" gay, y a veces me pregunto si la gente hoy entenderá realmente lo que significaba para nosotros un simple párrafo, una mención en el telediario, un plano en "Informe semanal" de dos hombres, con las manos enlazadas, caminando de espaldas a la cámara. Y es eso precisamente lo que me parecía importante contar cuando escribía en los noventa y a principios de los 2000. Hoy veo que los armarios se disuelven ante nuestros ojos y sus condiciones de existencia están más allá de lo que Sedgwick podía predecir en 1990.
La escasez de referentes hacía que una vez emprendido el camino quedábamos abocados a cierta soledad o a simplificarlo en términos de lemas o referentes. No teníamos palabras, no teníamos historias, no teníamos un yo invadido por la historia de otros. Había cierta angustia si, como yo, crecíamos lejos de los centros urbanos: nos preguntábamos si estábamos haciendo lo mejor, si dar el paso (el concepto de armario no existía) nos abocaba a algo terrible. Todas estas cosas han quedado muy atrás y eran los fenómenos que describía entonces, y hoy no sé leer las experiencias de quienes no han pasado por este proceso. Vivo en una burbuja en la que todo el mundo roza o sobrepasa con creces los cincuenta, y aunque soy consciente que las normas (la retórica, los contenidos) han cambiado, no sería capaz de explicar los mecanismos que hoy articulan la cultura gay (o, ya que estamos, si existe tal cosa de una manera urgente o relevante). Está el activismo, que ha cambiado poco: sigue tan dividido como cuando escribí Para entendernos, y la oposición es fundamentalmente la misma (quienes buscan la integración desde la diferencia y quienes quieren que la diferencia lleve a un cambio en estructuras convencionales) aunque da nombres distintos a sus divisiones (entonces las maricas radicales se llamaban maricas radicales, hoy prefieren llamarse queer, en un uso de la palabra que se hace más legítimo a medida que pasan los años). Pero dado que para mí la experiencia homosexual y la articulación de la cultura gay consistían en una lucha contra la invisibilidad y el silencio y la búsqueda de un lenguaje, he de aceptar que lo que tenía sentido entonces no es tan central ahora. Si ya entonces me veía como un historiador más que un cronista, hoy el trabajo de mis referentes es casi arqueología: el mundo se ha movido y no veo que mis intentos de dar un anclaje cultural a mi angustia de ser tenga mucho que decir a los jóvenes (aunque supongo que el valor histórico permanece). Es más fácil luchar contra la invisibilidad hoy (si es que tal invisibilidad existe, creo que muchos no llegan a ser invisibles nunca) de lo que era hace quince años, por no hablar de acceso a la "cultura" gay, y a veces me pregunto si la gente hoy entenderá realmente lo que significaba para nosotros un simple párrafo, una mención en el telediario, un plano en "Informe semanal" de dos hombres, con las manos enlazadas, caminando de espaldas a la cámara. Y es eso precisamente lo que me parecía importante contar cuando escribía en los noventa y a principios de los 2000. Hoy veo que los armarios se disuelven ante nuestros ojos y sus condiciones de existencia están más allá de lo que Sedgwick podía predecir en 1990.

No hay comentarios :
Publicar un comentario