Cine Gay

Un espacio para hablar de cine con gays, de gays, que gusta a los gays. O simplemente que gays o heteros hablen de cine. Servirá para mi proyecto de un libro sobre cine gay.

jueves, enero 18, 2007

En Madrid...

Pues sí, estoy ya escribiendo el libro y por eso me cuesta más meterme a bloguear. Eso y que lo de colgar fotos ya no es tan fácil como antes: hay que convertir foto a foto, y se pierde mucho tiempo.

El caso es que estaré en Madrid realizando entrevistas hasta el 23 de enero. Si alguno de vosotros tiene tiempo y ganas de compartir ideas, puntos de vista, recuerdos, sobre vuestra experiencia del cine, dejadme un mensaje aquí o contactadme por correo privado y haré todo lo posible por quedar.

Un saludo y gracias

viernes, diciembre 01, 2006

Corrientes (homo)emocionales en el melodrama de mujeres

Una imagen de Sólo el cielo lo sabe: me encanta el uso de la luz fría del ventanal a lo largo de esta escena

Hay muchas razones por las que podemos pensar que una película habla de nosotros. Indudablemente el melodrama es un género que ha sido filón inagotable para encontrar nuestras propias emociones reflejadas, aun cuando no aparezcan personajes o situaciones gays.

Cuando hablo de “melodrama” creo que tengo que precisar más . El centro del melodrama, en general, es el conflicto emocional: puede haber emociones en una película de ciencia ficción como Star Wars, pero no constituyen el centro de la narrativa. Y los protagonistas de Cantando bajo la lluvia están “enamorados”, pero el amor no es profundo ni conflictivo. Sin embargo Magnolia, el gran melodrama de los últimos años, avanza narrativamente precisamente a partir de choques y conflictos emocionales. Lo que distingue el melodrama del simple “drama” es este énfasis y valoración de la emoción como algo determinante en nuestras vidas y que no siempre es fácil de aceptar (por muchos motivos). El choque entre emociones y principio de realidad, una cosa tan “nuestra” (es decir, como gays), es, pues, el motor narrativo del melodrama.

Uno de mis planos preferidos de todo el cine: la televisión en Sólo el cielo lo sabe

Cuando hablo de melodrama, me suelo referir a una línea concreta dentro de la historia del melodrama, la del “cine de mujeres”, una línea de desarrollo que empieza, creo, en películas de los años treinta como Stella Dallas, se soldifica con Bette Davis en la Warner (es ciertamente una actriz idónea para este género y puede decirse que “lo inventó”) y continúa con presencias centrales de Joan Crawford, Tennessee Williams, Susan Hayward, Lana Turner, Barbara Stanwyck, Jane Wyman, William Inge, Douglas Sirk, Nicholas Ray, Elia Kazan, Vincent Minnelli, etc. Es central la relación entre madres e hijas en muchos de los melodramas centrales, pero también el conflicto entre el deseo de la mujer y lo que la sociedad espera de ella. Hay melodramas de hombres: Como un torrente, de Minnelli, Escrito sobre el viento, de Sirk, Más poderoso que la vida, de Ray, o Magnolia. Pero el melodrama tiende a hablar de la experiencia de las mujeres. Y hay motivos para que así sea. A los hombres tradicionalmente se nos enseña que las emociones han de aniquilarse, sublimarse en acción o violencia, dejarse de lado, negarse. De hecho para los gays ir en contra de este credo constituye un punto clave en nuestra evolución y nos caracteriza. Pero hay pocas películas en que la emoción masculina se desborde porque narrativamente el cine sigue parámetros heterosexistas, que no incitan a ello. En cuanto al deseo: bueno, se entiende que los hombres siempre pueden seguir su deseo sin que eso sea utilice en su contra.

Los mismos motivos que constituyen la esencia del melodrama, pues, son los mismos que justifican que sea un género importante en la cultura gay. Nos gustan los melodramas porque el proceso de asumirnos como gays elimina bloqueos emocionales (o puede hacerlo) y nos capacita para ello. El énfasis en las emociones es lo que encontramos al salir del armario. Pero en realidad la actitud de la cultura gay anglosajona en general hacia el melodrama ha sido ambivalente. Sentimos un profundo respeto por el género precisamente porque esos conflictos entre una mujer emocional y las demandas que ejerce su medio social (para mí la más nítida manifestación de esto es Sólo el cielo lo sabe) son reconocibles como propios. Enfrentarnos al medio heterosexista significa que damos prioridad a unas emociones o un deseo que llevamos dentro y que según se nos dice no deberíamos tener en cuenta, deberíamos ignorar. De hecho es algo que tenemos que plantearnos, mientras que para el hombre hetero estas cosas no llegan a plantearse. Pero hay una segunda manera de ver melodrama, y es a través del camp. Hace unos días alguien hablaba de una divertidísima película de Charles Busch (dirigida por Mark Ruckert) llamada Die, Mommie, Die, que es básicamente un refrito de melodramas de mujeres. Una vez accedemos a la subcultura y nos sentimos cómodos en ella, nos gusta pensar que el tratamiento melodramático está superado, que todas las limitaciones, que todo el sufrimiento, no iba en serio: al reírnos de las convenciones melodramáticas nos reímos de nuestros propios miedos y cautelas al salir del armario. Como digo es una actitud ambivalente que se observa de manera muy nítida en el uso que Almodóvar hace del melodrama: Almodóvar cree en las emociones de su protagonista en La flor de mi secreto, se identifica con ellas, pero también es capaz de adoptar distancia en diversos grados, mediante el uso de convenciones visuales y dramáticas. No me extraña que sea una de las películas del director que menos ha entendido la crítica hetero.

Espejos, encontrarse a uno mismo: otra imagen de Sólo el cielo lo sabe

Mi melodrama preferido es, como ya dije aquí, Sólo el cielo lo sabe, de Douglas Sirk, que constituye un ejemplo ideal de todo lo dicho. Una mujer tiene que elegir entre cumplir el papel que le impone su entorno inmediato (un papel según un guión heterosexista en el que tiene que ser “madre” de unos hijos insoportables, tener amigas tremendas, asistir a un club social espantoso, etc) y una relación profunda con un hombre que es una fantasía sexual y que representa, además, lo opuesto a ese entorno: es un hombre libre, en contacto con la naturaleza, no lleva bigote como los del club social, no es un cotilla, no tiene hijos). Es curioso cómo paso a paso, conflicto a conflicto, en la narrativa pueden leerse correspondencias muy nítidas con el hecho de salir del armario en un pueblo. A mí me interesa por ejemplo que uno de sus conflictos sea con la familia: si Cary continúa con Ron, se arriesga a perder el amor de sus hijos. Yo creo que para muchos gays una de las cosas que más influyen para quedarse en el armario es precisamente el miedo a decepcionar a la madre, a perder el amor de su familia. La familia actúa así como institución represiva, contra el deseo individual. Y la película nos dice que llega el momento en que la familia va a tener que aceptar lo que somos. Que no podemos seguir utilizándola como excusa para no perseguir nuestras emociones (y ya que estamos, creo que en general las familias siempre aceptan a uno, pero el miedo a la vida es una cosa terrible y hace que no tomemos decisiones que, una vez tomadas, nos harán mejores).

La escena final de Sólo el cielo lo sabe

No digo aquí que la guionista (Peg Fenwick) pensase en esto al escribir. Ni siquiera que sea la mejor lectura o la que tiene más rendimiento. Sólo que cuando hago un análisis escena a escena, puedo encontrar momentos comunes, dudas que yo mismo tuve, choques, amenazas, decisiones, dilemas. Perfectamente reconocibles (esto no significa que sea el único modo de entrar en una película: no comparto para nada el mundo emocional de Hawks o Peckinpah, pero ambos están entre mis directores preferidos, ambos tienen películas que pondría en mi top ten, tengo gustos muy gays, pero no sólo gustos gays) como propios, pero también compartidos, asumo, con otros gays. Evidentemente el hecho de que el hombre-fantasía sea Rock Hudson y no John Wayne o Charlton Heston me ayuda a ponerme en la piel de la protagonista. El conflicto de Cary Scott se convierte así en experiencia arquetípica.

En fin, ¿tenéis una relación especial con el melodrama? ¿Alguno preferido? ¿Alguna mujer con cuyo conflicto os identifiquéis especialmente? ¿Algún ejemplo más contemporáneo de melodrama apropiable desde la experiencia gay?


Una imagen de Imitación a la vida

jueves, noviembre 30, 2006

"Cine subcultural" frente a "Buen" cine

En su sentido más puro (y más restringido), la expresión “cine gay” debería reservarse para el cine subcultural: el que llena programaciones de festivales gays, el hecho a partir de la experiencia gay. Me interesa saber qué opinión os merece este cine “subcultural” o qué experiencias podéis compartir al respecto.

Trick: la comedia romántica suele ser muy hetero. Lo que me gusta de Trick es que propone una comedia romántica con elementos referenciales claramente gays

Uno de los aspectos recurrentes en vuestros cuestionarios y algunas opiniones en este blog es que el cine subcultural, en general, os atrae poco. La mayoría de los que declaran esto, añaden que lo que les gusta es el “buen” cine. Yo no acabo de entender este tipo de enunciados, aunque creo que sé más o menos por donde van los tiros. Un modo de reflexionar sobre esta cuestión es preguntarme qué quiere decir la gente cuando habla de “buen” cine. Y lo que pasa es que cada uno quiere decir una cosa distinta, lo cual hace que el significado del enunciado anterior (que presupone además que todo el cine gay es “mal cine”) sea realmente escurridizo.

En esta discusión dejo de lado las películas que obviamente son narrativamente torpes o no saben fragmentar una escena con el montaje o tienen actores para matarlos. Pero de ésas hay también en los cines comerciales. Y son tan homo como hetero. Hay por supuesto criterios “técnicos” objetivables, que son más o menos los que enseñamos en clase. Construcción dramática, motivos visuales o narrativos, un cierto dominio de la sintaxis de planos y movimientos de cámara… En general, la gran mayoría de películas gays (en este sentido reducido, que no coincide con el que uso en mi blog) cumplen con esto, a veces con creces. Pero esto no basta al parecer. Y luego hay otros criterios que son de tipo “artístico”: una buena película es una obra de arte, algo que explora nuevas direcciones en el lenguaje, que dice cosas de una manera innovadora, que busca nuevos terrenos de expresión, que tiene un discurso sobre la realidad complejo, etc. Ciudadano Kane. El eclipse. Ocho y medio. Evidentemente, muchas de las películas que consideramos “buenas” no llegan a estos extremos. Entre otras cosas porque la innovación radical no suele traer éxito de taquilla. Así, el concepto que la gente tiene de lo que es una buena película (y que para la mayoría de vosotros el cine gay no cumple) se encuentra en algún lugar entre ambos.

Edward II, de Derek Jarman. El cine comercial mainstream no habría añadido relevancia gay a esta versión de la obra de Marlowe

Está claro que una “buena” película es la que tiene una serie de rasgos que apreciáis. Y algunos compensan por otros. Hay películas que no son grandes películas pero que tienen una cosa que nos gusta (no sé, una buena interpretación de Robert DeNiro, un momento Scorsese ágil y dinámico) y os predispone positivamente. Y al contrario, hay películas buenas que tienen algunos elementos que pueden ser contrapeso en la balanza de la opinión. A mí no me gusta, por ejemplo, Meg Ryan, pero en Ricas y Famosas sale Meg Ryan y esto no afecta (demasiado) mi disfrute de la película. Lo que me choca un poco de vuestras respuestas es que los placeres que proporciona el “cine gay subcultural” no os parecen suficientes. Igual es una cosa de estas en las que sólo se posicionan quienes quieren declarar su distancia mientras que el resto disfruta bastante de la cuestión.

Es evidente que un cine dirigido a un sector específico no puede contar con grandes alardes técnicos o incluso de interpretación. Pero siempre pienso en una película como Sideways (Entre copas), mediocre desde cualquier punto de vista pero que cayó muy en gracia porque tocó la fibra sensible de cierta problemática heterosexual. Creo que los gays tendemos a ser menos permeables a este tipo de cosas. O quizá no: ¿hay algún equivalente gay a Sideways? ¿Alguna película gay que toque el zeitgeist gay y nos guste por ello? El caso es que da la impresión que los indudables atractivos que debería tener el cine subcultural (una mirada homoerótica que coincide con la del espectador a quienes va dirigida, un uso de ciertos códigos sin tapujos, reproducción de experiencias que se parecen a momentos vividos) no os parece “suficiente” como para apoyarlo. Y esto es curioso, porque si algo demuestra el fenómeno Brokeback Mountain es que el umbral de tolerancia de los heteros hacia la experiencia gay es bajo. Nuestra experiencia sólo se puede reflejar plenamente, de momento, en productos de la subcultura.


Beefcake es un ejemplo estupendo de los placeres del cine subcultural: habla de nuestra historia, ofrece una mirada homoerótica, presenta situaciones reconocibles como nuestras

Definitivamente, la etiqueta no es derogatoria. Yo creo que el cine subcultural tiene su lugar y tiene unos placeres irreemplazables. No sé si vale la pena poner ejemplos, porque una vez entramos en este terreno hay cientos de películas y las posibilidades de verlas son limitadas, pero a mí me gusta bastante Trick, de Jim Fall. Latter Days tuvo bastante éxito hace algunos años. Hay una reciente, que se llama Straight Jacket que es precisamente eso, cine subcultural. Cine subcultural lésbico es But I’m a Cheerleader, It´s in the Water. Desert Hearts, Go Fish y Claire of the Moon nacieron de la subcultura, aunque con ambiciones, y no se preocupan por las sensibilidades hetero. En general se trata películas de bajo presupuesto y sin estrellas, pero tienen sus compensaciones.

Así, ¿Qué queréis declarar sobre el cine subcultural? ¿Queréis justificar vuestras críticas (con ejemplos concretos de por qué consideráis ciertas películas “malas”, porfa)? ¿Algún partidario acérrimo?

miércoles, noviembre 29, 2006

Cuestiones de caracterización: un saloncito gay de los años cuarenta



Observad con atención esta imagen. Pertenece a una película de los cuarenta. En la película no aparece nadie que sea explícitamente gay, pero ¿no os hace sospechar el orden del saloncito, que pertenece a un caballero soltero? Esas lámparas. Aquella colección de tacitas. Las elegantes cortinas al fondo. El reborde de los cojines en el sofá. Y aquella silla de jardín. Además, el plano es de punto de vista: el protagonista de la cinta mira esto con cierto repelús. Sí, para él hay algo indudablemente rarito en el propietario de tan primorosa habitación. Un hombre de verdad no tiene esa exhibición de porcelanas y cacharritos. Faltaría más.

¿A qué película pertenece? ¿Quién es el propietario?
En esta segunda foto tenemos al protagonista, Dana Andrews, mirando con desconfianza la colección de máscaras del propietario de la casa. ¿Qué tipo de hombre, parece preguntarse, se dedica a coleccionar este tipo de cosas?
Y finalmente, frente a la bestia. Esta es la cara que se le pone a Dana Andrews, heterosexual de pura raza, cuando se encuentra frente a frente con Waldo Lydecker. "Ya me lo temía yo"

El objetivo de todo esto era ilustrar cómo en algunas películas de los cuarenta se connota perversión sexual en el villano a través de aspectos marginales de caracterización (el mobiliario y la reacción de "nuestro héroe") aunque tal perversión no tenga nada que ver con la trama. No deja de ser curioso....

Postdata. Para completar un poco el comentario: sobre esta escena, Paul Loen comenta que el gesto de Dana Andrews constituye un guiño al lector que sugiere que Waldo "la tiene pequeña". No es, probablemente, el tipo de comentario que haya que tomarse como muy en serio. Pero pensé que tenía gracia. Y la verdad es que a partir de ahora no voy a ver otra cosa.

Y por cierto, Laura, homófoba o no (que sí lo es) es una obra maestra del cine negro. Tenía que decirlo.

Próximamente en DVD...


Se anuncian en DVD dos películas estupendas las próximas semanas. ¿Quién teme a Virginia Woolf?, que aparecerá en edición especial, es uno de los auténticos clásicos gays para los que tenemos cierta edad. La protagonista es Elizabeth Taylor, en una de esas interpretaciones únicas y electrizantes que uno no puede olvidar. Como sabéis, Elizabeth Taylor es el auténtico "factor X" en la historia del Hollywood gay: se podría trazar la historia de los gays en Hollywood simplemente siguiendo a la Taylor desde sus primeros años con Roddy McDowall hasta sus últimas apariciones tanto en Broadway (en La loba, de la misma obra cuya versión cinematográfica protagonizó Bette Davis, y en Private Lives, escrita por Noel Coward) o en Hollywood (no sólo en actos benéficos contra el sida, sino en películas de Zeffirelli o con Rock Hudson). Además en esta película sale Sandy Dennis, que era lesbiana en la vida real (y protagonizó una película lesbófoba titulada La Zorra). Por supuesto el autor de la obra original, Edward Albee es gay. Una vez me lo encontré en el gimnasio Soho Athletic Club, de Londres, y me atreví a murmurar algo sobre lo que su obra había significado para mí. Luego descubrí que era un error: prefiere que se hable de obras suyas más recientes. Vaya. En fin, que es una obra de la que podía pasarme horas hablando y citando frases, pero en un blog no queda tan bien como en vivo.

La otra película que se anuncia es una de mis comedias preferidas. La octava mujer de Barba Azul, de Lubitsch. Ya era hora. Es uno de esos clásicos que quedaban pendientes (de las grandes comedias sólo falta Midnight). Los tres "factores gays" son Claudette Colbert, que era lesbiana (no me explico cómo no se la reivindica más: es realmente una de las grandes de la comedia), el co-guionista de Billy Wilder, Charles Brackett (bastante conservador y probablemente menos brillante que Wilder, pero tampoco es necesario entrar en detalles). Y por supuesto Edward Everett Horton, que patentó un personaje de mariquita que aparece recurrentemente en las películas de los años treinta.


También se anuncia Almas sin conciencia (Il bidone), de Fellini, en la que al parecer hay una escena de travestismo de la que se habla en los libros pero que yo tengo totalmente olvidada...

martes, noviembre 28, 2006

Pero... ¿nos afectaron alguna vez las imágenes negativas?

Las amargas lágrimas de Petra von Kant: lesbianas borrachas, celosas, suicidas

Este post supongo que resultará poco relevante a los espectadores de menos de treinta años, pero es una de las cuestiones centrales de una sección de mi libro. Gran parte de la crítica más difundida sobre el cine homosexual utilizaba el carácter positivo o negativo de las imágenes como criterio de evaluación. Esto todavía se ve a veces, aunque menos que en los ochenta y los noventa.

El argumento era que las imágenes “negativas”, a menudo basadas en los estereotipos, reforzaban la homofobia y por lo tanto debían ser suprimidas. Lesbianas asesinas, dominantes (la hermana George), sádicas (Lotte Lenya en Desde Rusia con amor), maricas suicidas (en Sabor a miel), patéticos (en Muerte en Venecia), grotescos, risibles (en No desearás al vecino del quinto), deprimidos (en Víctima), todo formaba un panorama sórdido de lo que pdía ser la vida homosexual. Hay dificultades en esta propuesta porque, por ejemplo, Querelle es a la vez radicalmente “positiva” y MUY negativa. Y no hay manera de ponerse de acuerdo. Pero en general se asume que las representaciones anteriores a los años ochenta tenían una carga sistemáticamente homófoba.


Querelle: homosexuales asesinos, deprimidos, patéticosEl tema lo hemos tocado aquí ya, y hubo discusiones en el foro de Berkana. En este post planteo una pregunta muy concreta: ¿tenéis algún recuerdo de cómo os influian las imágenes de la homosexualidad en el cine y en la tele antes de la emergencia de un cine gay y una mayor gama de representaciones en los noventa? ¿Os produjeron algún tipo de aprensión con respecto a la homosexualidad? ¿Influyeron decisiones sobre salir del armario? ¿Postergaron el momento? En otro momento podemos hablar de si el cine produjo “invitaciones” a “hacernos” gays.

Es decir: ¿podéis aportar experiencias concretas sobre el modo en que las imágenes os afectaron antes de que se produjera un equilibrio en las representaciones?


Muerte en Venecia: cuando el homosexual asume su amor se vuelve grotesco y esa imagen del tinte corriendo con el sudor puede ser a la vez patética o penosa

sábado, noviembre 25, 2006

Un Juego: de cena con mi gay preferido

Marlene Dietrich, que no ocultaba sus affairs con mujeres y con hombres.... hasta que algún productor dijo basta

Hemos hablado ya de referentes, de iconos, de cuerpos homoeróticos. Vi un juego en el blog del Capitán Harlock y decidí hacer algo similar, pero en lugar de nombres e imágenes, aquí se trata de decir cosas.

Os propongo que compartamos fantasías que podamos tener con determinados actores o directores.

Si pudiéseis conocer a un actor gay de Hollywood, vivo o muerto, ¿cuál elegiríais? ¿Y un director? De hecho, si tuviéramos ocasión de salir a cenar con uno de esos iconos, ¿con quién os gustaría compartir dos platos y postre? Como siempre podéis explayaros, mezclar aspectos biográficos, fantasías, suposiciones, etc.

Se trata de "leer" personalidades del cine gay desde una perspectiva personal y lúdica.


Ian McKellen en Gods and Monsters. ¿Quién se atreve a decir que salir del armario destruye la carrera de uno?

Los resultados son más precisos si ponemos alguna restricción, así que, digamos lo siguiente:

a) No se trata simplemente de fantasear sobre cuerpos o polvos. Eso no es porque me haya dado un ataque de pudor (si os empeñais se puede hacer en otro momento), sino porque realmente no es algo que nos diga mucho sobre el cine. Y porque sería todo algo superficial: en un polvo se comparten algunas cosas, otras no. Y nos meteríamos en los requisitos de cada uno en la cama, lo cual es llegar un poco lejos. Y porque os echarán del restaurante. Además, imagino que todo el mundo diría Richard Gere y Brad Davis. ;-)

b) Se trata de buscar actores o actrices gays que, además de serlo, os parezcan interesantes como personas. Con quienes podáis compartir algo, con cuya compañía creáis que podéis pasar un rato interesante. Gente a quien admiréis por su trayectoria, por su personalidad. No sé. Gente a la que os gustaría conocer, vamos. Ya sé (por vuestros cuestionarios) que muchos diréis que si vais a cenar con alguien no os importa que sea gay o no, que tiene que ser persona… y todo esto está muy bien. Yo también preferiría cenar con Shirley MacLaine (de hecho sería la número uno en mi lista para cenar, para un viaje largo en tren, para lo que sea) o con Billy Wilder, pero el juego trata de ver qué vibraciones de actores o directores gays nos atraen y por qué.


El director Reiner Werner Fassbinder en la película La ley del más fuerte

A continuación una breve lista de actores gays o más o menos gays que podéis considerar (hay muchos más).

Atención: no todos en esta lista son exactamente gays y desde luego no todos los gays lo son del mismo modo:

Chicos:
William Haines, Ramón Novarro, Valentino, Cary Grant, Randolph Scott, Edward Everett Horton, Clifton Webb, Tyrone Power, Rock Hudson, Sal Mineo, James Dean, Montgomery Clift, Ian McKellen, Farley Granger, Tab Hunter, Rupert Everett, Tom Hulce, John Gielgud, Dirk Bogarde, Harvey Fierstein, Charles Busch, Raymond Burr, Nigel Hawthorne, Alan Bates, Danny Kaye, Charles Laughton, Anthony Perkins, Roddy McDowall, Eusebio Poncela.

Chicas:
Nazimova, Jean Arthur, Claudette Colbert, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Joan Crawford, Barbara Stanwyck, Agnes Moorhead, Marjorie Main, Hattie MacDaniel, Judith Anderson, Tallulah Bankhead, Lizabeth Scott, Madonna, Jodie Foster, Ellen DeGeneres, Kelly McGillis, Lily Tomlin, Anne Heche.

Directores:
Dorothy Arzner, Rose Troche, Donna Deitch, Marleen Gorris, Pratibha Parmar, Monika Treut, George Cukor, Mitchell Leisen, Edmund Goulding, James Whale, Vincent Minnelli, Nicholas Ray, Paul Morrissey, Andy Warhol, Todd Haynes, Gregg Araki, Bryan Singer, Bill Condon, Randal Kleiser, Colin Higgins, Gus Van Sant, Pedro Almodóvar, Ventura Pons, Eloy De la Iglesia, Alejandro Amenábar, Miguel Albaladejo, Juan de Orduña, Kenneth Anger, George Kuchar, Jean Cocteau, Francois Ozon, Andre Techiné, Jacques Demy, Terence Davis, Pier Paolo Pasolini, Luchino Visconti, Franco Zeffirelli, Rosa von Praunheim, Reiner W. Fassbinder, Wolfgang Petersen, Werner Schroeter, Derek Jarman, Jaime Humberto Hermosillo, George Kuchar, Joseph Losey, James Ivory, Friederich Murnau, Mauritz Stiller.

La verdad es que cuando uno lo piensa, se podría pasar buenos ratos con mucha gente en estas listas. Estamos en buena compañía.


Gael García Bernal en una película que Almodóvar calificó de

Mis elecciones: de actores muertos elegiría a Rock Hudson, porque tiene que haber sido un cielo: tipo bastante tratable, sereno, etc. Además indudablemente decorativo. Como su papel en Sólo el cielo lo sabe. Y me podría hablar de los años cincuenta, de películas de Douglas Sirk. Y porque tiene una masculinidad reposada y controlada que me seduce. De actores vivos, sin duda Ian McKellen, a quien me han presentado dos veces pero siempre me he quedado absolutamente mudo. Porque hay poca gente tan inteligente, porque ha tenido un carrerón, porque es ingenioso, gracioso y ha tenido el valor de salir del armario sin tapujos. Y de directores, tengo una cosa por Cukor, que al parecer era excelente compañía, y me encantaría compartir una cena con Murnau, porque tiene una sensibilidad en la que me gustaría escarbar, pero la verdad es que por entrevistas y por sus películas, de los vivos me encantaría pasar un tete a tete con Todd Haynes. Tendría que ser en Seattle, pero bueno. Y Almodóvar, claro, pero como es tan inaccesible y tan raro para la cosa gay que uno prefiere mantener sus fantasías en el terreno plausible. Sería más fácil lo de Rock Hudson, imagino.

Sorprendedme…

Julianne Moore y Dennis Quaid en Lejos del cielo, de Todd Haynes

A vueltas con los armarios (Reflexiones surgidas a partir de Open Secret, de David Ehrenstein)


Las fotos son de gente "en el armario" (no necesariamente por voluntad propia) y hay que darle al ratón para abrirlo ver quiénes son... :-)

Una frase del libro de David Ehrenstein Open Secret, que me parece muy provocadora, y ha de ser punto de partida de cualquier discusión sobre Hollywood y el armario:

“El armario en Hollywood no es tanto un mecanismo de auto-protección (para los homosexuales) como un sistema sustentado por la prensa para mantener en su lugar las convenciones mayoritarias sobre sexualidad”.

Es un argumento estimulante que yo creo que puede aplicarse en general al modo en que el armario actúa en los últimos años. Me encontraba preparando un texto sobre el “nuevo armario” para Zero, y un poco por casualidad volví al libro de Ehrenstein (que leí hace unos años y me interesó poco), encontrando reflexiones realmente interesantes.

Ehrenstein, un periodista, se refiere en su libro a toda una serie de polémicas en torno a Rock Hudson y James Dean, así como sus manifestaciones modernas con Ellen, Jodie Foster y Tom Cruise. Sus ejemplos nos resultan curiosamente familiares y siempre es fácil buscarles correlatos en cosas que pasan ahora ante nuestros ojos. Tanto cuando habla de los esfuerzos por convertir a Cary Grant en “heterosexual” como en los intentos por parte de los expertos por hacer de James Dean un “bisexual”, como si fuera un “mal menor” (hay gente que desea a (o se acuesta con) hombres y mujeres, pero carecen de identidad cultural fija: uno es homo o hetero. Puede ser las dos cosas, pero sigue siendo homo). O las reacciones de espectadores airados que “se negaban a saber los detalles de la vida privada de Ellen DeGeneres”. O de la mujer que apareció en el programa de Oprah declarando que “ella no iba por ahí exhibiendo su orientación sexual” (quizá porque su orientación sexual se asume como normal por defecto, señora).

¿Qué importancia tiene esto? Pues al menos dos vertientes. La primera es puramente histórica. Libros sobre iconos culturales como Grant se basan en una información falsa, quieren perpetuar un sueño que nunca fue realidad. Los intentos de ofuscación dificultan y deforman la posibilidad de llegar a la verdad. Mientras haya gente que de buena fe quiera “respetar” la privacidad de Grant, se seguirá escribiendo mucho sobre él que será falso. El historiador, homo o hetero, tendría que estar escandalizado, por motivos éticos y profesionales, ante los intentos de negar una parte de lo que sucedió. Pero la verdad es que pocos historiadores (casi ninguno hetero, pero el número de historiadores homosexuales interesados en buscar en nuestra historia en España es también curiosamente reducido). La segunda vertiente es política, pero no atañe exclusivamente a gays y lesbianas, sino que debería ser apropiada por cualquier progresista en nuestra cultura: si asumimos explícitamente que ser homosexual no tiene nada de malo, deberíamos fomentar una cultura en la que este rasgo circule de manera natural, sin escándalos pero sin secretismos. Y, al menos de momento, deberíamos fomentar una cultura en que los homosexuales tuvieran referentes positivos.

Pongo la situación en contexto. Hace casi diez años de todos aquellos debates sobre el “outing” (el libro de Ehrenstein es consecuencia de estos debates). Entonces, la conclusión más o menos unánime en este país nuestro era que, bueno, lo de salir del armario o no era al fin y al cabo una decisión personal y no se podía forzar a nadie. Se asumía que sacar a uno del armario a la fuerza era poco ético, porque podía afectar a su familia y su vida profesional. No digo que haya cambiado de opinión, pero las cosas han cambiado mucho en diez años y me pregunto si no sería el momento de volver a plantear el debate ahora con una comunidad gay más madura y con una situación social más favorable. Después de todo, si de algo podemos servir quienes escribimos sobre estas cuestiones es para plantear estas cosas.

En los debates sobre el outing, me parece importante destacar que la homosexualidad no es el peor rasgo que se le puede atribuir a nadie. Tampoco tendría que ser dañino en una sociedad que, se nos dice machaconamente, es tolerante. Si no lo es, probablemente habrá que hacer algo al respecto: después de todo ya no nos meten en la cárcel por ser gays y tenemos todo el derecho a buscar amparo en la ley ante cualquier tropelía. Y a pesar de todo revelar la homosexualidad sigue siendo mucho más problemático que revelar cualquier otra adscripción cultural de un individuo. Y de verdad me pregunto por qué. Ehrenstein cuenta cómo en Estados Unidos se pueden dar todo tipo de datos sobre una persona (nacionalidad, raza, religión) pero su identidad sexual sigue requiriendo autorización explícita.

Lo que sucede últimamente es que uno tropieza con armarios que ni siquiera sabe que existen. El armario ha dejado de tener sentido cultural profundo y parece cuestión de capricho. Muchos famosos están parcialmente en el armario. Lo cual está muy bien (parcialmente). Pero luego no lo están realmente porque uno los ve en situaciones en que asume que son gays. Sólo que uno realmente no puede “asumir” estas cosas. Es un juego de ofuscación que cada vez resulta menos gracioso y que sólo contribuye a reforzar la idea de que la homosexualidad es un secreto.

La propuesta es que quizá deberíamos dejar de considerar el armario como el centro de la identidad homosexual, quizá deberíamos comportarnos como si no existiera. Si sabemos que alguien es gay y viene a cuento deberíamos ser capaces de saltarnos el problema del armario y comportarnos con naturalidad. No estamos revelando nada “privado”. Al menos nada más privado que ser fan de Juan Pablo II o pertenecer a las juventudes del PP, cosas en mi opinión más problemáticas que pueden difundirse sin tapujos.

Vuelvo a la frase de Ehrenstein: el armario es parte de una conspiración para silenciar e invisibilizar a los homosexuales. Se promete al armarizado tranquilidad, pero en realidad se le obliga a vivir en la mala fe. El armario resulta opresivo para los homosexuales, no liberador. Es verdad que en general la gente tiene derecho a estar dentro o fuera del armario si les place. Pero no perdamos de vista la prioridad: hay que hacer todo lo posible para que el armario pierda centralidad, y tenemos que perderle el respeto como institución que convierte la homosexualidad en una especie de secreto a voces.

No sé realmente si la gente tiene “derecho” a armarizarse a voluntad. Es algo que requiere debate. Pero sospecho que hacer hincapié en el derecho al armario es algo parecido (salvando todas las distancias) a basar el debate sobre violencia de género en el derecho que las mujeres tienen a no denunciar a sus maltratadores para evitar ulteriores complicaciones. Por descontado las mujeres tienen ese derecho. Pero el derecho que hay que fomentar es el de hablar, el de hacer la cuestión pública: la prioridad tiene que ser, y esto no se conseguirá, como sabemos, con el silencio, acabar para siempre con la violencia de género. O el armario

jueves, noviembre 23, 2006

Post sobre Top Gun...


Bueno, como veo que generaba cierto interés, he desempolvado (no sé si es la expresión más adecuada en esta coyuntura) un comentario sobre Top Gun y lo he colgado en mi diario de películas que está en:

http://peliculasgays.blogspot.com/

(en el cambio al Blogger Beta se me borraron todos los links, tendré que volver a colgarlos...)