jueves, mayo 21, 2015

Críticos, opinadores y criticones o Esto no es una declaración de principios (1): La crítica del gusto y lo que significa

Empecé a leer críticas de cine a los doce años. Me identifico poderosamente con artistas como Terenci Moix que en la temprana adolescencia ven en la cultura una manera de escapar al entorno y ganar cierta legitimidad. Los críticos eran para mí intérpretes autorizados de la obra de arte y me pasé la adolescencia y juventud temprana encontrando en ellos un lenguaje, copiando tics (me sonroja hoy pensar cómo imitaba a Carlos Pumares y quería escribir con la contundencia de un José María Latorre, por ejemplo), admirándolos, envidiándolos. Hay una máxima entre artistas (perfectamente ilustrada en una de las canciones de Kander y Ebb para el musical Curtains) que nadie quiere ser crítico, que el crítico es un artista frustrado. Yo a los diecisiete años quería ser crítico. Y zoólogo.  Por supuesto estos presupuestos fueron quedando moderados, a menudo cuestionados, cuando, hacia los noventa, empecé a cuestionar la voz de los críticos que leía desde una perspectiva más académica y cuando más tarde empecé a hacerme preguntas sobre qué era y para qué servía la crítica. Lo que sigue trata de resumir dónde estoy en estos momentos respecto a la crítica. No es una manifiesto ni una declaración de principios, es más una descripción de lo que me motiva, lo que me gusta, lo que me hace crecer cuando leo a críticos y lo que, con los años, he decidido que no me interesa nada.

Una idea es fundamental para mí frente al clima general de desprecio hacia los críticos. La crítica es tan necesaria en un entorno cultual como el arte. El arte rara vez se disfruta sin intermediarios de uno u otro tipo. De hecho prácticas artísticas sin algún tipo de mirada crítica es fácil que acaben en nada, que pierdan fuerza, capacidad de diálogo, que acaben buscando simplemente una respuesta del público basada en hacerles cosquillas. El arte más resistente a la crítica acaba perdiendo todo valor cultural. Una segunda idea es un corolario de la anterior: el desprecio generalizado hacia los críticos genera malos críticos. De tanto decir que el crítico no es más que un artista fracasado, al final parece que importe poco la aproximación que se tenga hacia la crítica. Como el crítico no importa, da igual qué crítico pongamos, con tal de que hable y sea gracioso. Esto explica, por ejemplo, la centralidad y la popularidad de Carlos Boyero. Si no valoramos la crítica, al menos encontremos a un ácrata con actitud, cañero, lleno de prejuicios incuestionados, sigamos a la persona, no las ideas.


Ciertamente hay una lógica cultural en esperar que el crítico simplemente nos diga qué le gusta o no. Es fácil, carece de toda complicación. Luego podemos decidir "si estamos de acuerdo" o no. Y no nos tenemos que preocupar lo más mínimo por las dificultades de lectura, la ambivalencia esencial, la complejidad de expresar una respuesta que es lo que realmente importa en la obra de arte. Y aunque esto sea lógico y fácil de entender no es nada simple. La crítica vista como expresión de un gusto tiene una serie de presupuestos, algunos basados en propuestas filosóficas, otros simplemente ideológicos. Se nos dice que el arte es simplemente percepción superficial, se nos dice que las actitudes han de ser firmes y contundentes, se implica que hay seres que, de manera esencial tienen un gusto que merece, en general nuestra aprobación, que el arte es producción "espontánea" y que por lo tanto merece una respuesta "espontánea". La crítica del gusto nos permite no pensar.

Pero ¿qué es esto que llamamos "gusto"? La idea es que el gusto es una cualidad muy personal de cada uno que de alguna manera está relacionada con nuestro espíritu. Tener "buen gusto" es ser, en cierto modo, más allá de la educación o el intelecto, superior. Al expresar el gusto hacemos una declaración sobre quiénes somos en lo más íntimo. Si nos gusta Stalker, de Tarkovski, pues eso nos sitúa entre una élite que es capaz de entender, disfrutar, que "sabe". Y sin embargo esto me parece una visión mistificada del gusto. En realidad cuando decimos que algo nos gusta podemos estar diciendo dos cosas. La primera tiene que ver con identificaciones sociales y recoge una serie de estructuras bien definidas en el trabajo de Pierre Bordieu. El gusto nos hace pertenecer a un grupo, a menudo a un estrato social. Es fácil de entender esto con un ejemplo: uno no tiene que disfrutar visceralmente de la ópera para que le guste la ópera; el gusto expresado por la ópera es, además de algo que uno puede o no sentir, una manera de integrarse en una clase, en un grupo cultural, en un modelo de vida (Bayreuth, Salzburg) y entrar en un repertorio de opiniones y clasificaciones, con un lenguaje técnico. En otro orden de cosas, decir que nos gusta El mago de Oz, por ejemplo, en ciertos entornos, puede ser una declaración de principios. Podemos estar identificándonos con cierto modelo de cultura o incluso de cultura gay.

En segundo lugar, cuando decimos que algo "nos gusta" podemos estar hablando en un sentido muy distinto. Lo llamaré "psicológico" porque se entiende, pero entiéndase que no escribo desde el presupuesto de que existe una mente autónoma esencial, sino que en una perspectiva más cercana a Zizek creo que "la mente" es un lugar en que dejan sus marcas el lenguaje y la ideología, que son condiciones de la experiencia. Es verdad que el cerebro es un órgano "físico" pero lo que nos hace humanos es simbólico. El cerebro tiene el soporte físico para generar ideas, pero desde el momento en que hablamos o aprehendemos el mundo estamos en el ámbito de lo simbólico. El segundo tipo de gusto, más allá de sus implicaciones públicas o de prestigio social, una obra nos hace felices, nos conmueve, nos engancha. Porque somos así nosotros individualmente. Hay aqui, como se ve, una trampa. Aunque funcionamos inmersos en el lenguaje, queremos creer que hay un "yo" más allá del lenguaje. El "yo" que "siente" y que es responsable del gusto "psicológico". Por supuesto este yo, desde una perspectiva lacaniana de la mente humana, es, en sí, una fantasía constituida por lo simbólico. Somos lenguaje.

En alguno de mis comentarios sobre cine en Facebook (y en mi libro Miradas insumisas) me baso en mi "experiencia" (personal, biográfica) para explicar mi actitud hacia las películas; explico en qué condiciones fui (por volver a Moix) besado por Peter Pan, cómo entendí a Joan Crawford, cómo me identifiqué con Maria Von Trapp, cuándo aprehendí por primera vez Blue Velvet o incluso cómo la aprehendí de maneras distintas en diálogo con mi propia evolución. Esto me parece legítimo, pero es verdad que oculta el hecho de que incluso mi experiencia está mediatizada, que el yo que devoró Mary Poppins a los diez años no es único, que los modos de absorber Mary Poppins, de darle sentido, de asimilarla, estaba pre-escritos, que yo era un actor inserto en una obra con mecanismos formales e ideológicos. Zizek nos dirá que lo más importante de estos textos es su articulación ideológica y que por lo tanto "entrar" en los textos es entrar en un universo cuyas reglas son ideológicas, que nos preceden, que no son nunca "yo".

La idea que empieza a surgir aquí es muy distinta de la propuesta de la crítica del gusto basada en un yo soberano. En tanto veamos el papel del lenguaje en nuestra formación, el gusto es complejo. Y después de años de leer a gente diciendo lo que le gusta o no, no puedo evitar levantar un poco la alfombra y ver las impurezas del gusto. La era de las redes sociales ha hecho que la mera expresión del gusto se haya convertido en una plaga. Hoy todo el mundo opina. Y todos tomamos partido por las opiniones. Han desaparecido los filtros que daban legitimidad al crítico y al final todo es cuestión de una identificación más o menos arbitraria (a menudo gobernada por la ideología según Zizek). Esperamos que el gusto sea espontáneo. Y cada vez más me interesa menos lo que los individuos opinen. Las tomas de partido me parecen arbitrarias, solipsistas en el mejor de los casos. En el peor las veo como declaraciones de pureza del yo que esencialmente es impuro, o mistificaciones del yo soberano. La crítica del gusto es atractiva y en cierto modo es inevitable. Pero al menos conviene pensar un poco en qué estamos diciendo. Al decir que nos gusta Stalker no estamos meramente expresándonos, estamos siendo expresados por toda una serie de ideologías sobre la obra de arte legítima, que tiene que poseer ciertos rasgos. Y al centrarnos en los rasgos dejamos de procesar la obra.

Cuando empecé a dar clases de cine me gustaba jugar con estas ideas. Si en momentos de relajación tenía que expresar mi gusto por una película, decía que mi película preferida era Bambi. O El Mago de Oz. La estrategia era contrariar expectativas. La verdad es que mi película preferida no es ni Bambi ni El mago de Oz. Pero prefiero decir eso a conformar la orden ideológica de que lo que "debe" gustarme es Stalker, esa otra historia de gente rara que buscan la solución a sus problemas en un mundo de reglas diferentes. De hecho me gusta tanto Stalker como El mago de Oz, pero (y aquí viene la provocación) me gusta Stalker no por sus cualidades artísticas elevadas y legítimas, sino en lo que tiene de parecido con El mago de Oz. Del mismo modo que lo que más me gusta de Teorema es que se parezca a Mary Poppins.

(Continuará)

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